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Neurofisiología del olfato y las emociones

Aromas que sanan: El sentido del olfato y su relación con las emociones

El olfato es el sentido encargado de detectar y procesar los olores. Al igual que el sentido del gusto, el olfato es un sentido quimiorreceptor ya que detecta compuestos químicos en el ambiente.

Este sentido tiene una enorme importancia en la mayoría de los animales, ya que les permite detectar la presencia de enemigos, detectar y atraer a ejemplares del sexo opuesto, delinear su territorio, seguir al rebaño en caso de extravío o identificar el estado emocional de otras criaturas.

Por su parte, el ser humano no tiene el sentido del olfato tan desarrollado como otros animales; al ser una criatura acostumbrada a trepar a los árboles, aprendió a confiar más en sus ojos que en su nariz. Hoy la vista y el oído ocupan los primeros lugares entre los sentidos más valorados, mucho más aún en estos tiempos audiovisuales. Sin embargo el sentido del olfato se encuentra íntimamente vinculado a nuestras emociones y sentimientos, y por ende, es muchísimo más relevante para nuestra vida cotidiana de lo que comúnmente suponemos.

El olfato es el sistema sensorial humano más primitivo, evolutivamente hablando, y además, es el sentido más desarrollado al nacer. De hecho, la nariz humana es capaz de distinguir más de 10.000 aromas diferentes. Es probable que los niños comiencen a vivir teniendo un sentido muy agudizado del olfato y aprendan a suprimirlo con el tiempo. De hecho, G. Groddeck, uno de los primeros colaboradores de Freud, escribió: "A pesar de todo lo que se ha enseñado y aprendido en contraposición a esto, puedo afirmar que el hombre es primariamente un 'animal nasal' y que aprende a reprimir su agudo sentido del olfato durante la infancia porque de otra manera la vida le sería insoportable". Si bien esta afirmación es bastante extrema, efectivamente el aparente subdesarrollo olfatorio humano ha sido una ventaja evolutiva, ya que si los seres humanos tuviésemos el olfato tan sensible como algunos animales, estaríamos permanentemente sujetos al conjunto de variaciones emocionales de las personas que nos rodean; podríamos oler el disgusto de los demás; los ansiosos nos volverían más ansiosos aún. En fin, tendríamos menos control conciente, puesto que los centros olfativos del cerebro son más antiguos y más primitivos que los de la vista.

Lo anterior da cuenta de la importancia y la potencia del sistema olfativo en la evolución de las especies, al incidir éste sobre las emociones y la conducta de supervivencia animal en general. Esta estrecha interrelación entre estímulos olfativos, emociones y conducta se explica por la fisiología del olfato.

En el caso del ser humano, las moléculas del olor en forma de vapor (compuestos químicos) que están flotando en el aire llegan a las fosas nasales y se disuelven en las mucosidades. Bajo las mucosidades, las células receptoras especializadas, también llamadas neuronas receptoras del olfato, detectan los olores.

Las neuronas receptoras del olfato transmiten la información al bulbo olfatorio, ubicado en la parte posterior de la nariz. El bulbo olfatorio tiene receptores sensoriales que, en realidad, son parte del cerebro anterior.

Un hecho de suma relevancia es que la vía olfatoria aferente, a diferencia de los otros cuatro sentidos, sólo consta de dos neuronas y no hace sinapsis en el tálamo. Esto significa que mientras el resto de los sentidos deben viajar por el cuerpo a través de las neuronas y la espina dorsal antes de llegar al cerebro, el estímulo olfativo accede directamente al cerebro y la respuesta olfatoria es inmediata. Ello convierte al olfato en un sentido 10,000 veces más sensible que los demás sentidos y a esta zona cerebral en el único lugar donde nuestro sistema nervioso central está directamente expuesto al ambiente, precisamente a través del olfato.

Por tanto, tal como evidencian los estudios de imágenes cerebrales, ante una percepción olfativa la información llega de manera directa al sistema límbico en el cerebro y ,específicamente, a dos de sus estructuras: el hipotálamo y la amígdala cerebral, la cual se activa automáticamente (no debemos confundirla con la de la garganta). Y estas estructuras cerebrales son ni más ni menos que las responsables de las emociones, sentimientos, instintos e impulsos; son los centros de la afectividad, es aquí donde se procesan las distintas emociones que nos llevan a experimentar penas, angustias, miedos, rabias y alegrías; y es también aquí donde se almacenan los contenidos de la memoria emocional.

Por tanto, al compartir similares circuitos cerebrales, los olores pueden modificar directamente nuestros estados emocionales y nuestro comportamiento, además de ciertas funciones corporales, como nuestros reflejos o algunas secreciones endocrinas. Sólo más tarde, parte de la información olfativa alcanza la corteza cerebral y se torna consciente y/o dotada de significado.

El importante papel que juega el olfato en las emociones también puede advertirse a partir de su ausencia. El placer es necesario en el equilibrio de las emociones y la reducción o anulación del sentido olfativo (anosmia) desprotege a las personas, dejándolas a merced de lo displacentero. También provoca un distanciamiento al faltar la función vinculante que los aromas y olores cumplen desde hace miles de años entre seres humanos. De hecho, hoy existe suficiente evidencia y científica para afirmar que una ausencia prolongada del sentido del olfato puede desencadenar una depresión, o que puede agravarla, o incluso aún que puede mejorarse la depresión curando o sanando la anosmia. Del mismo modo, pacientes con sinusitis crónica pueden evolucionar con mayor dificultad cuando cursan una depresión.

En síntesis, hoy no existen dudas entre la comunidad científica acerca de la supremacía de las percepciones sensoriales olfativas sobre el resto de los sentidos, en cuanto a su interrelación con nuestras emociones. A ello se debe que el olfato sea definido como un modificador por excelencia de las emociones y conductas sociales del ser humano. Evidentemente, esto abre todo un mundo de posibilidades a la hora de buscar alternativas naturales para sanar estados emocionales disfuncionales e incluso enfermedades, sobretodo si consideramos que a la base de toda enfermedad psíquica y física existe una emoción en desequilibrio.

Lo anterior viene a confirmar neurocientíficamente aquello que ya intuyeron los egipcios hace miles de años, quienes iniciaron el arte de extraer las esencias aromáticas de las plantas, calentándolas en recipientes de arcilla. Y en la actualidad numerosos estudios científicos siguen comprobando y especificando cada vez con mayor detalle el efecto indiscutible de los aceites esenciales extraídos de distintas partes de hierbas, árboles, plantas y flores sobre síntomas y enfermedades.

Es a partir de ese conocimiento afianzado y de más de 16 años de experiencia en el ámbito de la salud mental y de un conocimiento profundo de la psiconeurofisiología de las emociones, la psicocorporalidad y sus trastornos, que nace NEUROSCENT, una línea de aromaterapia científica, con el afán de rescatar la sabiduría milenaria de la naturaleza a través de aceites esenciales 100% puros, y utilizar la ciencia al servicio de lo natural, para sanar afecciones físicas y emocionales, y mejorar significativamente nuestra calidad de vida.

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